No estoy encerrado; soy el encierro.
Mi cárcel, mi yo, dudas de zafiro,
me provoco un aislamiento y un solipsismo
que no pueden detenerse,
espacios que ya nunca más reconoceré,
extranjero en el mundo en que he nacido
pero en el que no vivo,
esperando signos de respuestas
que sé que no llegarán,
solo,
vivo.
Trepando y enredándome en el Árbol del Mundo
pero el escape sólo puede estar dentro,
ciego y torpe, deambulo por el momento,
terceros ojos esperando que les mire,
sincero,
total,
cuando los despojos dejen de caer
liberando lo que fue mi cuerpo.
Navegar a través de tus helechos
se asemeja a una paz eléctrica,
pero no existes.
Ondas de choque
circunvalando el perímetro de mi mente
que querría dejar de ser limitada,
el dolor y el cansancio
de los bordes del campo energético
haciéndola volver una y otra vez
a su punto de partida.
Extraño,
pero tremendamente cierto.
Ni máquinas ni códigos
que puedan definirme
cuando la depresión
es una forma de conocimiento,
una huida hacia praderas de comienzo,
solsticios de la percepción,
donde la soledad permita
mira a los soles
con el abrazo de su eterna quemadura,
astros que bailan
esperando ser apreciados,
las curvas de los cuerpos
satélites esquizofrénicos y sensibles
girando en una elíptica de introspección,
las puertas hacia la identidad,
la danza del cosmos
sólo nos puede hacer llorar.
Solsticios de la percepción © 2026
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Foto:
-Entropic garden de Marcela Bolívar

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