Me escondo en el arte, automarginado, no estoy de oferta y me aparto, con el ceño fruncido, creando sin esperar nada. Mis propios pasos me resultan tan indiferentes que lo mismo me daría estar parado, dejar de intentar componer un gesto apropiado a lo social, cuando me dan los calambres de la costumbre.
Urbanidad cadáver, así me comporto viviendo debajo de todos. No encaja mi cuerpo, lleno de marcas y bultos como si mi esencia quisiera negarlo, desintegrarlo. A través del patio de mi aislamiento sensorial veo las pieles de mis vecinos colgadas, secándose para otra jornada más. No puedo quitarme la piel, así que me arranco el cerebro y lo observo, palpitando ajeno a mí, intentando comprenderlo, envuelto en la sangre que es lo único que lo hace real.
A través de mi realidad siempre se cuelan fisuras que no entiendo, que no pertenecen a una corriente interna debajo del canal, del oleoducto de la existencia que recorren los demás, un hipertexto de posibilidades que se ramifica angustiándome con su inercia hasta el infinito, por tener que vivir entre él y esto, los ángeles puntuando sus palabras como una sutura, el morse de lo imposible, el código de lo que no es dictado de la quimera, idioma de monstruos.
Porque no tenemos derecho a ser posibles, no somos buenos para nadie. Arregla tus cuentas con los que están vivos y vete. SOLO. Comiénzate de una vez, tumba el ocho del infinito, besa tu sinestesia y sal disparado hacia el éter del origen del tiempo, cuando no eras. Es cierto, soy un artista. Es cierto, estoy condenado.
Urbanidad cadáver © 1999 by Jose Ángel Conde Blanco is licensed under CC BY-SA 4.0
Foto:
-Fotografía de Daikichi Amano.
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