Noche en los pantanos del espíritu.
El cuerpo se tumba arrastrando consigo todo lo demás con su gravedad vinculante e ineludible, cierta. El mosquito navega entre las miasmas de la consciencia, llevándose el aire a mi alrededor con su zumbido infrahumano, llevándose algo más que mi sangre. Temblores y estremecimientos con vida propia, los ácaros desplegando su itinerario carroñero, formando líneas irracionales, vida debajo de la piel muerta del tiempo que devora los deseos perdidos.
La habitación habla y el ectoplasma de su oscuridad está formado por miedo y culpa, curvas de sombra que se retuercen sensuales como la muerte, para formar el cuerpo subyugante del súcubo. Sus cabellos iguales a telarañas o a enredaderas de crueldad primigenia, plenamente conscientes del alimento que quieren devorar, sabedoras de que les pertenece por un derecho más que existencial. Una forma por encima de la carne que es más que una verdad, inevitable erotismo de lo fatal, humanidad total que licúa los motivos con sus contoneos, piel que envuelve la realidad y la aprisiona en su sudor de fuego, eterno.
El súcubo tira de mí, respondiendo sin posibles preguntas, su voz como un clima narcótico buscando en su vaho acceder a las sustancias opiáceas en mi cerebro, conociendo mi voluntad y mi ser mejor que yo, porque es. Su aliento quema desde todos los tiempos y me dice que no soy, escupiéndome desde el pasado que habita, siempre detrás de la glándula pineal, escondido como el crisol negro de todas las tormentas. Su núcleo es la flor de los muertos, germinada con los posos de todos los acontecimientos, pétalos rosas y amarillos en los que nada el líquido de la necesidad, implacable. Sus evoluciones despiden feromonas que subyugan los meandros de cualquier voluntad.
En el principio necesitaba creer y por eso me até a ti, sabiendo que tú querías que me atara. Los huecos en mi cuerpo se sabían necesitados de esa utopía llamada amor, por siempre cierta en la contingencia de mi espíritu, todopoderosa excusa en el deambular de mis sentidos por el mundo. El silogismo se reduce a no tener más opción que buscarte y desearte cuando tu nunca querrás estar conmigo, un peón más en tu propia antropología totalitaria de la descendencia. Mis besos y mis entregas no serán más que ridículos destellos de estrellas que no quieres ver, cuando te afianzas a la tierra para dominarme en tu juego de atracción y desprecio. De nada sirve jugar a la moral en el imperio de lo concreto, los velos vaporosos de tu encanto entrenado durante milenios, jugando con la periferia encadenada de mi libertad. Cuando eres tú quien dice lo que hay que hacer, cuando tú mandas debajo de la atmósfera, cuando repueblas el desierto de las posibilidades con tus arcanas leyes uterinas. Si te sigo siempre huirás y si te rechazo me aplastarás con tu belleza, el desprecio y el poder poblando todas las esquinas de tu cuerpo, cuando mi orgasmo de melancolía me genera tantas dudas, que el iceberg siempre escondido en el interior de la sociedad estalla en una glaciación de soledad.
No podemos estar solos en la lucha sudorosa de las sábanas porque no podemos encontrarnos jamás, ahora que comprendo la causa y el efecto del sexo, una hipoteca del sueño, un hermoso cáncer que niega la muerte sin dar una solución a la vida. Por todo esto siempre te amará, por todo esto siempre que nos encontremos nos estaremos despidiendo.
Empatía con el Súcubo © 1999 by José Ángel Conde Blanco
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Foto:
-Sin título, de la serie Oda a la necrofilia (1962), de Kati Horna.

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