Poesía de lo inerte.
El tedio que provocan los seres vivos.
Olvidar es llamar a la muerte,
conformarse es abrazarla.
Descomposición interna,
mal sabor de vida en la boca.
Garganta negra,
insensible.
No sentir frío ni calor,
ansiedad.
Imposición de la acción.
Álgebra de la necesidad (Burroughs dixit).
Deshacerse del cuerpo como de un excremento más.
Resbala el sudor de la más absoluta vanidad y caducidad,
aceite de la nada,
cohesión y consumición de toda estatua efímera,
ardiendo al contacto del tiempo,
paja de deseos que vuelan hacia todas partes.
Caspa,
la salud que se pierde
y desprende del piojo humano.
Siento la decadencia
copulando todos los días con mi cuerpo,
inseparables.
Crear de los gusanos que brillan
bajo la piel de la miseria,
reptando para formar las palabras
que descompongan el cadáver de la angustia
hacia un formaldehído en el que fluyen
los conceptos de la carne ya licuada,
necrosis química conservada
para su no-interpretación
en los frascos que dispone la eternidad,
ese sueño de los que ni siquiera poseyeron el instante,
restos,
por siempre,
restos.
Cerramos los oídos a los susurros ciertos de la corrosión
y arrastramos nuestras células para interpretar
una farsa de actividad,
convulsiones ciegas que extendemos
delante de esa plenitud que nunca llegará,
acciones,
proyectos,
objetivos,
eslabones de la cadena con la consistencia de la telaraña,
el eterno atavismo del miedo
que siempre se defenderá de nosotros mismos,
precisamente así,
esclavizándonos,
negándonos en la más estéril de las inercias,
el mito del propósito.
Rabia,
podemos golpearnos,
celo.
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Foto:
-Silla eléctrica, de Melanie Pullen


