domingo, 22 de febrero de 2026

Empatía con el Súcubo

 



Noche en los pantanos del espíritu.

El cuerpo se tumba arrastrando consigo todo lo demás con su gravedad vinculante e ineludible, cierta. El mosquito navega entre las miasmas de la consciencia, llevándose el aire a mi alrededor con su zumbido infrahumano, llevándose algo más que mi sangre. Temblores y estremecimientos con vida propia, los ácaros desplegando su itinerario carroñero, formando líneas irracionales, vida debajo de la piel muerta del tiempo que devora los deseos perdidos.

La habitación habla y el ectoplasma de su oscuridad está formado por miedo y culpa, curvas de sombra que se retuercen sensuales como la muerte, para formar el cuerpo subyugante del súcubo. Sus cabellos iguales a telarañas o a enredaderas de crueldad primigenia, plenamente conscientes del alimento que quieren devorar, sabedoras de que les pertenece por un derecho más que existencial. Una forma por encima de la carne que es más que una verdad, inevitable erotismo de lo fatal, humanidad total que licúa los motivos con sus contoneos, piel que envuelve la realidad y la aprisiona en su sudor de fuego, eterno.

El súcubo tira de mí, respondiendo sin posibles preguntas, su voz como un clima narcótico buscando en su vaho acceder a las sustancias opiáceas en mi cerebro, conociendo mi voluntad y mi ser mejor que yo, porque es. Su aliento quema desde todos los tiempos y me dice que no soy, escupiéndome desde el pasado que habita, siempre detrás de la glándula pineal, escondido como el crisol negro de todas las tormentas. Su núcleo es la flor de los muertos, germinada con los posos de todos los acontecimientos, pétalos rosas y amarillos en los que nada el líquido de la necesidad, implacable. Sus evoluciones despiden feromonas que subyugan los meandros de cualquier voluntad.

En el principio necesitaba creer y por eso me até a ti, sabiendo que tú querías que me atara. Los huecos en mi cuerpo se sabían necesitados de esa utopía llamada amor, por siempre cierta en la contingencia de mi espíritu, todopoderosa excusa en el deambular de mis sentidos por el mundo. El silogismo se reduce a no tener más opción que buscarte y desearte cuando tu nunca querrás estar conmigo, un peón más en tu propia antropología totalitaria de la descendencia. Mis besos y mis entregas no serán más que ridículos destellos de estrellas que no quieres ver, cuando te afianzas a la tierra para dominarme en tu juego de atracción y desprecio. De nada sirve jugar a la moral en el imperio de lo concreto, los velos vaporosos de tu encanto entrenado durante milenios, jugando con la periferia encadenada de mi libertad. Cuando eres tú quien dice lo que hay que hacer, cuando tú mandas debajo de la atmósfera, cuando repueblas el desierto de las posibilidades con tus arcanas leyes uterinas. Si te sigo siempre huirás y si te rechazo me aplastarás con tu belleza, el desprecio y el poder poblando todas las esquinas de tu cuerpo, cuando mi orgasmo de melancolía me genera tantas dudas, que el iceberg siempre escondido en el interior de la sociedad estalla en una glaciación de soledad.

No podemos estar solos en la lucha sudorosa de las sábanas porque no podemos encontrarnos jamás, ahora que comprendo la causa y el efecto del sexo, una hipoteca del sueño, un hermoso cáncer que niega la muerte sin dar una solución a la vida. Por todo esto siempre te amará, por todo esto siempre que nos encontremos nos estaremos despidiendo.

Empatía con el Súcubo © 1999 by José Ángel Conde Blanco 

is licensed under CC BY-SA 4.0

 

 

Foto:

-Sin título, de la serie Oda a la necrofilia (1962), de Kati Horna

 

 

 

 

 

martes, 27 de enero de 2026

Antimateria núbil

 


 

Mi vida se escribe como una biblia de la contradicción,

un arcano libro que, 

con sus parábolas en espiral,

escribe un génesis eterno hacia lo oscuro,

hacia el útero que siempre me oprimirá.

Elección obligada de inexistencias,

mi cuerpo muta constantemente

hacia sombras forzadas de sí mismo.

Morir todos los días,

ser una auténtica abstracción,

un poema inútil y vacío,

un poema de autodestrucción

para un receptor que no reconozco.

 

Oxígeno que no entiendo,

positrones fluyendo en mi piel

cuando el sol me odia y sólo emprendo

órbitas cansadas en torno a la vida.

Percepción repetida en diferentes perspectivas,

sin intervención de la sangre,

espectador de un Aleph claustrofóbico.

La creación se esconde detrás de un sol negro

rociado en el firmamento contradictorio

con la pintura gaseosa del misterio,

de la antimateria del autoengaño,

justificaciones densas que se expanden

porque ya estoy muerto.

 

Primigenia y total,

vivo dentro de ti,

rodeado de ondinas estelares

que me llaman al origen,

las contracciones de la implosión.

La clarividencia del ocultismo cotidiano,

su inercia habla desde lo improbable,

desde la cópula de lo inexistente,

beso a lo que no es,

plomo seminal que se funde hacia la verdad

que no se contiene en cuerpos.

Los latidos son una excusa.

¿Cómo puedo estar vivo si hay un esqueleto

habitando dentro de mi cuerpo?

Vivo en la eternidad de la muerte que me das.

Heces de pensamiento,

ceniza de la locura,

ideas ahogándose en leche materna

como el formaldehído derretido

de todos los que morimos,

sentimientos licuados en la placenta oscura

de los que nacimos,

un ombligo cosmogónico

que contiene todas las puertas,

el sexo metafísico

rodeado por las piernas de la trascendencia,

efluyendo el humo de su sangre virginal.

Antimateria núbil © 2026 

by Jose Ángel Conde Blanco 

is licensed under CC BY-SA 4.0



Foto:

-Imagen del videojuego Lust from beyond: Scarlet (2020) 

 

 

 


 
 
 
 
 
 
 
 

martes, 23 de diciembre de 2025

Hay una cábala esperándote



 


Positrones y sinsentido.

El desprecio de la belleza.

Parejas haciendo el amor encima de mí,

removiendo mis techos,

aislado…

 

Entre el miedo y el dolor

la vida es espera,

mientras el semen del poder se acumula

excitado por nuestra servidumbre,

esperando a esparcirse

para encharcar los ríos de nuestras expectativas.

 

Separada la carne del hueso,

una armadura de metal y filamentos electrónicos

nos impide acceder a nosotros mismos,

ya por siempre codificados

en una CPU dirigida.

 

Ya no puedo seguir existiendo como antes,

objetivos y proyectos de ciego mito ciclópeo,

cuando sólo vivo para salir de todos los “tús”

y para desplegarme en espirales,

campo de tracción de tu alma,

sentido perverso de mi universo.

No puedo seguir engañándome cuando me besa

el quark palpitante de tu erótico big bang.

Hay una cábala esperándote © 2025 

by Jose Ángel Conde 

is licensed under CC BY-SA 4.0 

 

 

 

Foto:

-There is no end  de Noémi Szábo.

 



 

 

 

 

sábado, 22 de noviembre de 2025

Zalmoxis

 


 

La luna se torna la cara circular de la reflexión,

deviene un disco donde la lucha no termina,

donde no se puede distinguir la noche del día.

Dentro está la existencia.

 

Tras beber mi frasco cotidiano de hastío

mi aliento se vuelve como siempre electrónico,

artificial,

ajeno a mi verdadera respiración y corrupción.

Nuestros cuerpos cuelgan de la vida

en rollos de cables desenchufados,

replegados por el deseo.

Muerdo con colmillos desesperados,

subconscientes,

y la sangre comienza a brotar desde el interior

de la carcasa de cobre cutánea a mi conducta.

El deseo se activa,

anticipándome a que surja

y lo que quiero ya no me satisface

porque ya no hay más los demás

ni un afuera que alcanzar,

ni reencuentros con lo que esperas

sin resultado ni verdad.

El ojo del cíclope se mira sólo a sí mismo

a través del cristal,

la visión pluscuamperfecta del agua

llorando dentro de la nieve.

 

No sé de qué estoy hecho,

mis cromosomas reptando por el espacio-tiempo,

seguro tan sólo de no tener respuestas,

sin poder nadar ni perderme en el suicidio colectivo,

falso vivo e improbable muerto,

una cifra más.

La realidad cercada,

el deseo y la esperanza cercenados.

En ella no puedo existir,

ni publicar,

ni ser escuchado,

pero no puedo dejar de aullar

desde el fondo mismo de mi vida

o de mi muerte,

las palabras que explotan libres

como flujo sin sentido,

armazón corriente de la existencia,

devorador de lenguajes,

creando para no desintegrarme.

Nada más que soy esto,

inútil intentar asirse,

tocar algo,

porque los sonidos que corren y mueren en el aire soy,

cuando el espacio se niega a vivirse,

poseído cuando escribo mi furia

en los cuerpos intangibles

con unas pezuñas que tienen runas 

por huellas dactilares.

 

El alarido,

la cópula con uno mismo,

preludio de la necesaria mutación,

el lobo humano poblando el mundo invisible

con sus huellas.

Una vez más he vuelto,

la soledad más completa del universo,

clon biológico de su silencio,

más allá de toda genética del espíritu.

 

Noche en todos los bosques de la civilización.

Mi identidad mezclada con las estrellas invisibles

que miran a través del cerco

de los árboles grises de hormigón,

el cielo y la brisa colándose libres

entre las rejas semivivas.

El animal que se devora a sí mismo,

respirando la anestesia de los astros,

la realidad destruida a zarpazos

para encontrarme detrás.

La bestia humeando al frío del mundo

el vaho de la incomprensión,

dentro el fuego encendido por el miedo

de los que no quisieron ser libres,

este instante de violencia pura su instante,

la destrucción de la vida establecida

por todo lo que es percibido,

la tiranía de la necesidad antes del aullido único

que todo lo extinga,

replegado en la musculosa piel negra del ser

que vivió la noche de no saber que era,

mordiendo el aire,

las tripas entre la tierra y la nieve,

vacío del vacío.

 

La piel se da la vuelta y devoro el sol,

y soy el que sale antes del nuevo nacimiento.

Herida púrpura en el desnudo que huye,

mordisco de infinito,

dolor,

comprensión.

Zalmoxis © 2025 by Jose Ángel Conde Blanco 

is licensed under CC BY-SA 4.0 

 

 

Foto:

-Alogos de David Herrerías