domingo, 19 de marzo de 2023

Fuego fatuo

 










 

 

 

 

 

 

 

 

 

El contacto con la realidad me deja en la boca

el sabor de una malaria opresiva.

Es una enfermedad que el enemigo aprovecha para rodearme.

En los retazos del miedo anida la soledad,

por eso nos separamos en bloques de pisos,

presidios para nuestros sueños de expansión.

No se trata de que no quede gente buena

sino de que el mal subestima siempre al bien,

igual que el ojo práctico subestima a la poesía

tan sólo viendo manchas de tinta en un papel

susceptible de ser arrojado a la basura.

Dulce es el dolor de sentir los posos de magia

en las líneas escritas de ese papel arrugado

como una carroña en descomposición.

El lenguaje de los muertos,

de los que no estamos.


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Foto:
-Performance de Olivier de Sagazan.
 
 
 
 





domingo, 19 de febrero de 2023

Miembro fantasma

 

 

 

Me fumo y me consumo.

Sin voz,

mis palabras caen sobre el papel como la piel muerta de un leproso,

desplegándose paralelas a la vida,

intentando llenar el vacío de sentido,

recopilando lo etéreo del devenir,

tozudas en su crónica de la descomposición de la carne y de los huesos.

 

La necesidad de la acción social se impone como una máscara antigás

que pretende proteger de un supuesto caos

cuyas toxinas hicieran el aire de la vida irrespirable,

un virus sintetizado de la duda.

Paralelo a la línea del tiempo se edifican así

las factorías que despliegan la cadena de montaje para perpetuar la especie,

con sus bloques de justificaciones sólidamente enquistados

en el flujo de las conciencias.

Esta cadena de producción abraza el perímetro del mundo

y sus eslabones no se unen mediante la elección.

 

La vida se desarrolla afuera,

Aunque no sé si lo hace en el punto geográfico

en el que se sitúa mi conciencia.

Estas ideas que me forman bien podrían ser un tumor.

Es la palabra oscura, la historia del Gran Nadie,

el sufridor vagando por un cosmos abandonado de los dioses.

Es la enfermedad del pensamiento,

cuando el tedio y la inacción son una espera sin objeto,

una mirada fija y pasiva a la inercia.

La pereza me pega a mi cama de desorientación

como a una mosca al papel adhesivo anti insectos,

gelatina verde esperanza que me arranca la piel

cuando me levanto hacia el devenir.

Tengo que vivir

pero este cuerpo inmaterial babea de inmortalidad

y necesita completarse,

buscando confirmar en la angustia

si el amor es posible para quien no puede tocar nada.

 

Paso al siguiente nivel.

El espejo es una frontera mística

que me devuelve el misterio de una imagen desconocida.

La soledad de mi mirada se convierte en un análisis del género humano,

puesto que se supone que soy yo el que está dentro de la piel.

Salir de aquí, en todos los sentidos,

es siempre un extrañamiento.

Ando siempre con la cabeza gacha para mirar el suelo del planeta que piso

y que me sostiene con su invencible gravedad,

impidiendo que me esparza

hacia la materia oscura del espacio infinito.

Y entonces aparecen.

 

Rostros,

lo único que tengo para demostrar que existen los demás.

La realidad.

Siento una amenaza, irracional,

Intentando controlar mis gestos como si fuera a ser atacado.

Me miran como si sus expresiones fueran escupitajos.

Notan mi miseria proyectarse y sienten náuseas.

Paranoia.

Esquizofrenia.

Formas de conocimiento.

Fiebre inspiradora de poemas,

una enfermedad que me acompaña y me recuerda

que tengo una reserva en la tumba.

El orgullo de todo ser vivo imperfecto

cuando no asume que la imperfección surge al nacer.

 

La matriz.

Resquebrajado como la tierra que espera,

subo al aire en una plegaria que siempre rezo

aunque nunca se cumpla.

Con el tiempo me vuelvo tan intangible

que ya es casi imposible besarme.

Cae la lluvia que huele a muerte

Y a su contacto surge una fecundidad no elegida.

Perdido en la oscuridad de la matriz creadora.

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Foto:
-Smoking mirror, de NIHIL en colaboración con Louise Dumont.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

jueves, 12 de enero de 2023

Bar Do




Ecos de cielo.

La espina de la verdad, procedente de una rosa de sueño,

se clava dolorosamente en mi talón

pero saberlo no me impide seguir andando,

atravesando las calles de lo inevitable.

Antes de entrar en el sueño

los relojes martillean y me envuelven en una cárcel de tiempo,

los segundos llevándome a un letargo de muerte.

El despertar llega sin avisar, como una misma cosa,

arrastrado por el torrente de la realidad,

las calles golpeándome con su autoritario estruendo,

imponiéndome el ocio, las opciones, las expectativas, las personas…

Pero la humedad del aire me separa de ellos.

 

En el campo de batalla del bar estamos todos solos

y los codos que me golpean están en algún punto del hiperespacio.

Sin embargo, sin quererlo, siempre me erijo como un faro

en torno al cual se congregan los títeres de la hiperrealidad,

la que me supera en todos los sentidos,

muñecos de perfecto acabado y puros en su programado desprecio,

su maniqueísmo de diseño operando con un bisturí

que nos secciona en el darwinismo social.

Tal cisma global opera como una crucifixión

y su diatriba de sonrisas elitistas y condescendientes

se despliega ante mi reducido orgullo como la triunfante flagelación del milenio.

No quiero evitar estar solo porque sus risas los alejan de mí,

dejando como restos de la cruel batalla por la autoestima

la misma careta de arcilla que tantas veces he visto.

Los corifantes perfectos quieren echarme de su teatro

si no soy capaz de unirme a su hermandad de la belleza.

Me repliego como el feto que nunca ha nacido

e implosiono hacia una salida.

 

El monstruo vuelve a trompicones a su guarida

y la belleza le retira la mirada una vez más,

mientras se ríe de él.

Por un momento me detengo

pero luego sigo andando

con las botas de lo necesario.

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 Foto:

-Electricistas de Vladimir Kustov.