domingo, 27 de abril de 2025

Primeras consecuencias de la contaminación electromagnética

 


 

Páginas de la alienación; el cielo no existe, los cantos de los pájaros son las vibraciones de los cables de hierro extendiendo la gran telaraña de metal que nos encierra, creando una estática constante en la que nadan impunes los dígitos y los códigos que componen la celda global contemporánea, como en un océano invisible de apariencia, un plasma de opresión, la placenta cotidiana en la que nos incubamos sin preguntas.

Mis cables desesperados de respuesta se lanzan al aire enredándose en el aparataje de torres formadas por máquinas, y tropieza mi vida y mi conciencia haciendo daño a los demás y a mí mismo. Ni siquiera puedo entrar en el sueño, que me echa con bofetadas espasmódicas de su zona de percepción, no dejándome siquiera un frío nicho aislado, inerte de visiones, y me devuelve a mi mesa de disección nocturna, donde mi cuerpo se desgarra en múltiples cuerpos que pelean unos contra otros, reafirmando su materialidad, apresándome en su lucha de insomnio.

No hay lugar para otras retiradas del campo de batalla de la conciencia; ni siquiera la sempiterna inconsciencia del fin de semana, un vórtice que sólo devuelve dolor físico y un regusto a caucho quemado en el paladar. En esta espiral consumo para consumirme, pero no hay posibilidad de que los espejos me escuchen o me devuelvan el humano toque de unas puntas de los dedos perdidas a años luz de este planeta de titanio.

No os preocupéis, no soy nada. Sólo me queda la vida, como un polvo cósmico que erosiona la piel con pústulas en forma de palabras que se escriben poco a poco en la piel, una nube de polución que es la atmósfera de las ciudades procedente de la explosión de un Sol que nadie ha conocido.

 

Primeras consecuencias de la contaminación electromagnética by Jose Ángel Conde Blanco 
is licensed under CC BY-SA 4.0

 

Foto: Cyborg, de Dan Sakamoto

 

  

 

 

 

 

miércoles, 19 de marzo de 2025

El polvo del sótano

  


El tiempo se estira y las horas desaparecen mientras camino por mi hogar. Una bebida se tumba verticalmente sobre mí, burbujeando con sus gases de forma obscena. Tampoco me responde, aunque no dejamos de mirarnos, autopsia de una coca-cola, dedos arácnidos repiqueteando sobre el vaso, la música de la ansiedad tejiendo una telaraña con que asir el tiempo o tan frágil que le dé la sensación de poder escapar. Completamente ebrio de existencia, sin conciencia, la luz del mundo se vuelve ocre y amarillenta cuando el infierno cósmico entra en la atmósfera, sus lámparas alumbrando mi techo, y lo que ilumina se vuelve oscuro, descompuesto en corpúsculos de luz demoníacos, como enormes bolas de polen que arden de cansancio ante los ojos, puede que sólo los míos.

Veo amanecer el fuego del interior del mundo, su magma encolerizado, entre la muchedumbre amorfa de un sótano. La abulia del propio cansancio me deja postrado, y cuando me despierto de mi letargo me voy obligado a atravesar una jungla de navajas. Un sueño todavía, y me retuerzo en la cama como una crisálida dentro de la que protestan sus raíces internas, creciendo, queriendo escapar de mí. Los huesos de una cucaracha aplauden sobre el suelo y mi conciencia sale en forma de niebla por mis oídos.

Ahí están, las palabras, como siempre hablando conmigo, conscientes de su necesidad e inevitabilidad, plasmación eterna del flujo incesante de los átomos de la vida corriendo por el pensamiento. Fuera, todas las otras palabras me resultan ajenas, ya nunca más son palabras. Forman parte de un espectáculo representado en un escenario que se monta todos los días para justificar la existencia de sus actores. En el marco ectoplásmico que mis ojos abren, encuadrando lo que ven, está la vida, pero yo no estoy. Yo estoy muerto, y escucho la historia que me cuentan las palabras y las ideas como gusanos descomponiendo mi mente. El aliento es frío. 

El polvo del sótano by Jose Ángel Conde Blanco is licensed under CC BY-SA 4.0



Foto: 

-Cadáver de niña transformado en muñeca por Anatoly Movskin (Ministerio del Interior de Rusia).

 

 



 

 

 

sábado, 22 de febrero de 2025

Nada de esto es para mí

 


 

Los que amamos el lenguaje del frío nos detenemos cuando los demás siguen andando, escuchamos los acordes del silencio y nos dejamos abrazar por la soledad, como muertos que respiran, siempre con un pie en el otro lado en el que nadie quiere entrar, incomprendidos por el miedo, que genera vaho en esta probeta congelada de sueños, vaho de personas sumidas en la sombra, la espiral de la ecolalia en nuestro rostro mudo.

Una música que sólo yo oigo es pulsada en el cielo por los movimientos centrípetos de las nubes, un piano gris que roba mi vida y mi conciencia de la tierra para hacerla perderse en el mar trazado en los contoneos de esos demiurgos gaseosos, centrifugando la percepción en sus burbujas llenas de verdad. La lluvia comienza a caer separando a las personas que van entremedias, su lenguaje de confusión, ya por siempre artificial contra el decorado de hormigón que se extiende por todo el planeta. Un infierno de pasos y caras, el ritmo automático de un hormiguero, chocando entre la desgana y la desconfianza. Obligadas a vivir, las personas llenan la calle, se cruzan conmigo sin saber por qué ni a dónde van. Mi sentido crítico me mantiene firme, porque soy el lado oscuro, la negación de todas sus débiles afirmaciones, lucidez que me mantiene solo, mientras siempre alguien huye de mí o quiere robarme. Avanzo, antes de que se lancen sobre mí, esperando a despedazarme o a romperme el corazón. Un cometa negro que encuentra sentido y fuerza cinética en carecer de ellos por completo. Siento como si esta ciudad fuese mi creación, por eso no temo el comportamiento de sus monstruos, pero sí el del que los ha ideado.

No busques sentido a las cosas. No pierdas el tiempo. Párate y tómate otro café, algo que te haga arder con un dolor nuevo que te distraiga del anterior.

No se puede vivir fuera de este mundo. Me aíslo, pero las personas acaban apareciendo como las señales en una carretera de la Ruta 666. La mística del aburrimiento consigue al final separarme de todos y ya nadie me interesa en absoluto. Me muevo de nuevo, sudando pequeñas gotas intermitentes de decepción. Soy el héroe de lo que no es, no existe, el inerte agujero negro sin campo de atracción, observando las vidas que hay en otros planetas a años luz pasando delante de mí, un conocimiento que nunca podré usar, el lema “nada de esto es para mí”. Fosco, clavado en las jarreteras de mis costillas, el esqueleto sonriente por debajo. No aspiro a nada; sólo a que me dejen en paz. Nuevas paradas en la inercia. Las personas siguen andando tanto que ya han dejado de ser distintas. Todas se han convertido en mi doppelgänger, inesperado pero necesario, y ahora soy yo el que me alejo de mi vida. En cualquiera de los bares del fin del mundo, cada bocanada del cigarrillo me afirma en mi aislamiento. Todos hablan a mi alrededor, aunque no entiendo lo que dicen, pero sí lo que piensan; puede que ellos tampoco, puede que generen un ruido que les haga escapar del silencio. Debajo de la piel del perfume todos los cuerpos huelen a cadáver. Prosigue el cráter en mi cabeza. El pinchazo tira de mi cerebro, lo quiere anular.


Nada de esto es para mí by Jose Ángel Conde Blanco is licensed under CC BY-SA 4.0


Foto: Pesadilla, de Stephane Blanquet.