domingo, 17 de mayo de 2026

Sehnsucht


 

La mirada y el cuerpo arrastrados por la evolución de las volutas de la niebla,

híbrido entre el estatismo y el dinamismo,

el avance de su aguja inmaterial en el mismo centro perdido de la percepción.

Música solitaria de este instante.

Parques sin niños.

Galaxias deshabitas.

La pureza de no existir nada.

Y, sin embargo, sigo caminando,

mi cuerpo siempre expuesto a la vida,

ahora ya imposible de situar en la existencia.

 

Las neuronas están compuestas de polen

que vuela sin voluntad en las ráfagas constantes del viento del deseo,

creado por una climatología desconocida

pero que se expande con las contracciones

de un púlsar de remordimientos necesario.

Ondas de anhelo navegando por el aire

en busca de algo que nunca se cumplirá,

pero que se justifica por la vibración misma del desear.

 

Soy ansia total de lo que no existe: Sehnsucht.

Por túneles y avenidas,

me separo de vez en cuando del hilo invisible de láser rojo

que conecta los movimientos agrupados de la multitud,

que me mira con extrañeza y temor

por no desear algo que se adapte a un sentido

y por arrancarme ese sentido como cuchillas que afeitan conceptos,

en mi mirada,

en mis movimientos.

 

Si ando es para corregir los errores que mi torpeza ha ido produciendo,

tiempo que ni retrocede ni avanza en una duración que me es prestada,

deshilado de la madeja de una Parca avergonzada

por el tedio de seguir mi hilo,

mi propio cordón rojo de voluntad electromagnética

unido a unas venas cansadas.

Me gusta salir solo,

perderme de todo y de todos,

tal vez encontrarme,

sabiendo que, al volver a casa siempre al día siguiente,

no habré vuelto a mi hogar

porque a donde pertenezco no puedo ya volver.

En mis labios noto todavía el sabor del hidromiel

de una pérdida en el frío polo norte

y el fuego de senos ctónicos ardiendo como iniciaciones

en el recipiente hermético de mi encéfalo muerto,

las resacas de vivir todavía siendo cobradas

como pago de haber libado el elixir de la eternidad

escondido en ciertas asociaciones químicas y movimientos anatómicos.

Con unas determinadas dosis de fiebre,

cada noche del espíritu,

el insomne podría por fin dormir,

terminando así con el insoportable concierto de ansiedades

que siempre precedieron su sueño.

La debilidad de la carne mortal y el sudor de todas sus ambiciones,

sexo, poder y dinero,

placentero jugo para el festín cósmico de los inmortales.

 

No soy ni he sido,

y no debería preocuparme

porque todo ha acabado ya

y esto que sucede es tan sólo

seguir terminándome.

En el éter persisten,

sin embargo,

los posos de la nostalgia,

melancolía del verbo que no se pronuncia,

que quiere recuperar los átomos y células muertas

que se han desprendido de tu propio irreversible proceso de entropía,

tus formas que nacen y se descomponen

en una abstracción que nunca llega a concretarse.

Fósil,

te sientes como el último de tu especie,

una estirpe que surgió en el pasado del nunca

y cuyos miembros no buscaban poseerse los unos a los otros,

conscientes de ser efímeros,

conscientes tan sólo de sentir.

Sehnsucht © 2026 by José Ángel Conde Blanco 

is licensed under CC BY-SA 4.0

 

 

Foto:

-Woman thinking #2, de David Lynch 

 

 

 
 
 
 
 

domingo, 22 de marzo de 2026

La No Forma

 


 

 

Concreto y supuestamente nacido en medio del tiempo

me evaporo para siempre al llegar a la esquina del pensamiento,

una señal en forma de flecha señalando

hacia una dirección en blanco.

Evaporado,

el embrión que soy se desdibuja

como el hijo de una constante posibilidad,

abrazando la no forma,

feto girando sobre sí en espiral,

golpeado por la certeza del instante,

desmembrado en una aceleración de partículas amarillas

similares a destellos de trascendencia,

las vísceras deshilachándose en líneas de electricidad

que descomponen el caos pretérito de mi cuerpo

haciendo surgir la estática abúlica del presente.

 

Los edificios son esqueletos de una ciudad incompleta

en permanente y lento derrumbe,

los grafitis venas secas de muertos olvidados que se encrespan,

los neones y el tungsteno fuegos fatuos de desidia reprimida

atrayendo a las legiones en un irreflexivo baile de polillas desesperadas.

Cubro mi rostro con la máscara antigás de la introspección

mientras mis cenizas toman consciencia de su propia insustancialidad

porque ya no necesito mi cuerpo para poder respirar,

mecido como estoy en los vientos de una nueva percepción.

La No Forma © 2026 by José Ángel Conde Blanco 

is licensed under CC BY-SA 4.0 

 

 

Foto:

-Human reconfiguration XII, de Jason Hopkins. 

 

 

 




domingo, 22 de febrero de 2026

Empatía con el Súcubo

 



Noche en los pantanos del espíritu.

El cuerpo se tumba arrastrando consigo todo lo demás con su gravedad vinculante e ineludible, cierta. El mosquito navega entre las miasmas de la consciencia, llevándose el aire a mi alrededor con su zumbido infrahumano, llevándose algo más que mi sangre. Temblores y estremecimientos con vida propia, los ácaros desplegando su itinerario carroñero, formando líneas irracionales, vida debajo de la piel muerta del tiempo que devora los deseos perdidos.

La habitación habla y el ectoplasma de su oscuridad está formado por miedo y culpa, curvas de sombra que se retuercen sensuales como la muerte, para formar el cuerpo subyugante del súcubo. Sus cabellos iguales a telarañas o a enredaderas de crueldad primigenia, plenamente conscientes del alimento que quieren devorar, sabedoras de que les pertenece por un derecho más que existencial. Una forma por encima de la carne que es más que una verdad, inevitable erotismo de lo fatal, humanidad total que licúa los motivos con sus contoneos, piel que envuelve la realidad y la aprisiona en su sudor de fuego, eterno.

El súcubo tira de mí, respondiendo sin posibles preguntas, su voz como un clima narcótico buscando en su vaho acceder a las sustancias opiáceas en mi cerebro, conociendo mi voluntad y mi ser mejor que yo, porque es. Su aliento quema desde todos los tiempos y me dice que no soy, escupiéndome desde el pasado que habita, siempre detrás de la glándula pineal, escondido como el crisol negro de todas las tormentas. Su núcleo es la flor de los muertos, germinada con los posos de todos los acontecimientos, pétalos rosas y amarillos en los que nada el líquido de la necesidad, implacable. Sus evoluciones despiden feromonas que subyugan los meandros de cualquier voluntad.

En el principio necesitaba creer y por eso me até a ti, sabiendo que tú querías que me atara. Los huecos en mi cuerpo se sabían necesitados de esa utopía llamada amor, por siempre cierta en la contingencia de mi espíritu, todopoderosa excusa en el deambular de mis sentidos por el mundo. El silogismo se reduce a no tener más opción que buscarte y desearte cuando tu nunca querrás estar conmigo, un peón más en tu propia antropología totalitaria de la descendencia. Mis besos y mis entregas no serán más que ridículos destellos de estrellas que no quieres ver, cuando te afianzas a la tierra para dominarme en tu juego de atracción y desprecio. De nada sirve jugar a la moral en el imperio de lo concreto, los velos vaporosos de tu encanto entrenado durante milenios, jugando con la periferia encadenada de mi libertad. Cuando eres tú quien dice lo que hay que hacer, cuando tú mandas debajo de la atmósfera, cuando repueblas el desierto de las posibilidades con tus arcanas leyes uterinas. Si te sigo siempre huirás y si te rechazo me aplastarás con tu belleza, el desprecio y el poder poblando todas las esquinas de tu cuerpo, cuando mi orgasmo de melancolía me genera tantas dudas, que el iceberg siempre escondido en el interior de la sociedad estalla en una glaciación de soledad.

No podemos estar solos en la lucha sudorosa de las sábanas porque no podemos encontrarnos jamás, ahora que comprendo la causa y el efecto del sexo, una hipoteca del sueño, un hermoso cáncer que niega la muerte sin dar una solución a la vida. Por todo esto siempre te amará, por todo esto siempre que nos encontremos nos estaremos despidiendo.

Empatía con el Súcubo © 1999 by José Ángel Conde Blanco 

is licensed under CC BY-SA 4.0

 

 

Foto:

-Sin título, de la serie Oda a la necrofilia (1962), de Kati Horna.