Mi vida se escribe como una biblia de la contradicción,
un arcano libro que,
con sus parábolas en espiral,
escribe un génesis eterno hacia lo oscuro,
hacia el útero que siempre me oprimirá.
Elección obligada de inexistencias,
mi cuerpo muta constantemente
hacia sombras forzadas de sí mismo.
Morir todos los días,
ser una auténtica abstracción,
un poema inútil y vacío,
un poema de autodestrucción
para un receptor que no reconozco.
Oxígeno que no entiendo,
positrones fluyendo en mi piel
cuando el sol me odia y sólo emprendo
órbitas cansadas en torno a la vida.
Percepción repetida en diferentes perspectivas,
sin intervención de la sangre,
espectador de un Aleph claustrofóbico.
La creación se esconde detrás de un sol negro
rociado en el firmamento contradictorio
con la pintura gaseosa del misterio,
de la antimateria del autoengaño,
justificaciones densas que se expanden
porque ya estoy muerto.
Primigenia y total,
vivo dentro de ti,
rodeado de ondinas estelares
que me llaman al origen,
las contracciones de la implosión.
La clarividencia del ocultismo cotidiano,
su inercia habla desde lo improbable,
desde la cópula de lo inexistente,
beso a lo que no es,
plomo seminal que se funde hacia la verdad
que no se contiene en cuerpos.
Los latidos son una excusa.
¿Cómo puedo estar vivo si hay un esqueleto
habitando dentro de mi cuerpo?
Vivo en la eternidad de la muerte que me das.
Heces de pensamiento,
ceniza de la locura,
ideas ahogándose en leche materna
como el formaldehído derretido
de todos los que morimos,
sentimientos licuados en la placenta oscura
de los que nacimos,
un ombligo cosmogónico
que contiene todas las puertas,
el sexo metafísico
rodeado por las piernas de la trascendencia,
efluyendo el humo de su sangre virginal.
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Foto:
-Imagen del videojuego Lust from beyond: Scarlet (2020)

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