I
El fiordo
Camino por la prosa de la vida
pero pensando en la poesía de tu alma.
Los días dameros de una cubitera,
fijos, inmutables e iguales,
esperando la congelación del agua.
Tu recuerdo un inmenso fiordo,
fluyente, renovable e imparable,
venas que surgen de la pasión derretida
componiendo las ondulantes fibras
de tu cuerpo amado.
II
Aurora boreal
Sentir tus manos como calientes tostadas
derritiendo mi cuerpo en una pasión orgánica,
una fusión alimenticia de besos lentos
como chispas buscando iniciar algo.
Detener el tiempo en la eternidad de lo sencillo
mientras las caricias caen como copos de nieve
y analizamos iguales a estatuas
la complejidad biológica del otro,
la composición química de nuestras almas.
Yo siento tus pasadas pesadillas
que han marcado como hierros candentes
los iris húmedos que me miran,
llenándolos de glaciares verdes,
transmutando la tortura
en un majestuoso rompehielos
que avanza sonriendo.
Nadie lo entiende:
la sonrisa es una aurora boreal.
III
La música se hace una con tu carne
lanzando tus gestos melodías
que me despojen de mis ropas de angustia.
En la distancia
tus maneras son dulces agujas de fresa,
pinchazos que esconden agua,
que se convierten en fuerte cascada
conduciendo mis pensamientos.
IV
Dos mujeres leen el mismo libro
en un vagón lleno de hormigas expectantes.
Dos ciegos novios
se abren paso en la calle.
Tu y yo
nos pasamos los corazones
de un lado a otro de Europa.
Tu rostro es tan tranquilo
que acabaría con la paciencia
de una indómita montaña.
V
A veces no quiero oir tu voz,
el esmeralda puente macizo.
Prefiero quedarme perdido
en medio de la niebla de tu mirada,
analizando cada porción de algodón intangible
que exhalan tus gestos gaseosos,
claros en su difusión,
comprendiendo tu misterio...

El amor congelado por Jose Ángel Conde se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional
Foto:
-Cryo, de Mariusz Zawadzki