La ciudad es una autopista de soledad
y tú descubres que eres una mujer,
asustada y paralizada por la
revelación,
la vida acariciándote con sus
escalofríos,
mientras te encierras trémula en el
baño de cualquier bar
para llorar cocaína.
No sé ni sabré qué puede decirse
porque no tengo ningún derecho a
compadecerte,
yo que, como tú, puedo morir
cualquier día,
tú y yo que nos matamos el uno al
otro
y que sabemos que nada puede
arreglarse,
viviendo en el dolor del
espartanismo espiritual
con la venenosa y negra sangre de
los románticos.
Los años y el rencor lo cubren todo
de silencio
y ya tan sólo podemos hablar
follando,
las arrugas y pliegues que forman
nuestros cuerpos en la cama
como el lenguaje y las palabras más
concretas,
cuando todo se pierde,
cuando no hay mentiras que
construyan lo que no puede ser
y tan sólo el sudor nos acerca el
uno al otro.
Son los episodios de la alienación,
nuestros encuentros en el mundo que
nos ha tocado,
donde el movimiento se demuestra
andando
para acabar alejándote de todos y
de todo,
para encerrarnos cada uno en la
habitación definitiva de nuestra soledad.
Sólo puedo decirte que creo que así
es la vida,
y el perdón no sirve de nada ante
ella,
aunque sólo pueda decirte eternamente
que lo siento.

Autopistas de soledad por Jose Ángel Conde se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.