"La 'Otra
Mitad' es la palabra.
La 'Otra
Mitad' es un organismo.
La Palabra
es un organismo.”
William S. Burroughs. "El ticket que explotó"
Si quisiéramos
sacrificar en el altar del aséptico ritual crítico el cuerpo y la mente
contenidos en Diario de un adolescente de
pelo raro no tendríamos más que servirnos de calificativos tan definitivos
como “surrealista” o “vanguardista”, para acto seguido apuntillarlo con referencias
a un puñado de escritores de renombre que se correspondieran a las etiquetas
anteriores. Pero en este caso el que suscribe ni es un asesino a sangre fría,
ni un crítico profesional, sino tan sólo un lector y, como tal, mi objetivo es
intentar describir con la mayor sinceridad las múltiples y poderosas sensaciones
que revelan sus páginas. El segundo poemario de Jorge Heras no puede
considerarse una obra accesible, por supuesto, como tampoco lo era su opera
prima, Apología de la muñeca de Bellmer.
Tampoco se puede negar que su poesía participa en gran medida del espíritu
surrealista, pero tal afirmación sólo puede sostenerse estableciendo en que
términos se produce esa correspondencia.
El fin último del
Surrealismo era llegar a la expresión de lo que se conoce como
“super-realidad”(“sur-realité”), concepto
mediante el que se quería englobar todas las percepciones que del mundo o de la
“realidad” recoge la mente humana, tanto en su apartado consciente como en el
inconsciente. Los surrealistas buscaban sublimar su propio interior, lo sentido
y lo pensado, lo vivido y lo imaginado, estableciendo así una nueva vía de
conocimiento (o “super-conocimiento”). Jorge Heras ha tenido que bucear previamente
en el plasma de esa “super-realidad” para llegar a la revelación personal que
supone Diario de un adolescente de pelo
raro. Su poemario podría bien considerarse como una especie de autoanálisis
terapéutico, resultante de una fusión entre lo experimentado materialmente y lo
sugerido mentalmente por dicha experiencia. Pero su lenguaje no surge de una “pose”
estética vanguardista, una escritura automática o una búsqueda fría del “arte
por el arte”. Su elección estilística es la que el poeta considera como la más
adecuada para realizar su particular ejercicio de desnudez y sinceridad, aquí
una auténtica “apertura en canal”.
Jorge Heras recupera la
función de la palabra como instrumento alquímico de primer orden para destilar,
parafraseando a Paul Éluard, esos mundos que están en éste. El “adolescente de pelo raro” posee una
chamánica “cabeza borradora” que
suprime el filtro racional y libera las endorfinas de las palabras con un
método marcadamente sinestésico, un informe cargado de sensorialidad que
transcribe en su diario las imágenes que la experiencia vivida despierta,
independientemente de su sentido “lógico” (“Ni
los peces con sus bigotes rozando el techo de mis pies/Eyacularon viejos
fabricando bicicletas”). El poeta vive en su palabra, que describe así su
propio paisaje subjetivo, y lo hace con toda contundencia, sin rebuscados
juegos lingüísticos ni retóricas paralizantes, con la expresión llana y
cortante de una sierra, surgiendo espontáneamente de la amputación del sentido
un genuino lirismo (“Desde la ventana
mira cómo los caballos con ruedas mastican el cuerpo sin vida de Napoleón”). Las
imágenes se suceden en una concatenación sinfónica de enumeraciones, juegos de
palabras y metáforas a veces de difícil comprensión (“La hierba se explaya en el hocico de la vaca/Pintando su tez
transparente de maniquíes pelando fruta”), pero que consiguen imponer un
prodigioso sentido rítmico en el momento en que nacen unas de otras y se suceden
en progresión aritméticoperceptiva, un tempo original marcado por las transformaciones
y movimientos de personas y objetos en vertiginoso ascenso/descenso hacia lo
belleza terrible de lo insólito (“La
tarde me amputaba las manos/Esas manos mías que balbuciendo ayer susurraban
penachos de gallina en tu vientre”).
Diario de un adolescente de pelo raro articula todo este
arsenal expresivo con el resultado último de una particularísima atmósfera de
sustantivos y adjetivos poderosamente vivos, tan reales que parecen peligrosos.
El poemario de Jorge Heras exuda carnalidad de principio a fin, propone cadenas
de versos extraños e impactantes que palpitan y se convulsionan como cuerpos
susceptibles de una autopsia en vida, tanto por su más que patente sexualidad
cuasipornográfica (“Una gran vagina
escupe su flujo por el suelo”), como por su inteligente utilización lírica
de lo escatológico (“Yo que siempre sudo
agua sucia del retrete”), o incluso el recurso al sadismo más empíricamente
sangriento (“Y las ponzoñosas entrañas de su marido chorreando por las paredes”).
Versos como intestinos que se despliegan en una anatomía icónica que
desestabiliza y desasosiega, atacando por igual no sólo nuestra percepción inmaterial,
sino también la más directamente visceral. En este auténtico quirófano lírico,
la “super-realidad” descrita u operada surge del desgarro que el poeta efectúa
con el bisturí en la tela de su piel material, poemas como restos de epidermis aparentemente
muerta en la mesa de disección del papel, tramautismo de la experiencia que
genera su correspondiente hemorragia perceptiva, desde el autor hacia el
lector.
La sangre de este
universo se rige por una particular mecánica de fluidos. Es un mundo quintaesencialmente
terrenal, pero es un nuevo planeta Tierra gobernado por el caos como fuerza
inevitable, descrito por imágenes imposibles que se suceden con indiferencia y
frialdad casi taquigráficas (“Las farolas
caen del cielo/Y se alimentan de pinos”), con unas leyes de la física
completamente trastocadas, en las que lo absurdo es parte de la normalidad, sin
atisbo de intento de explicación o huida del mismo (“A esperar a que las nubes se derramen y manchen de blanco las paredes
de los edificios”). La ley rectora principal de todo esta naturaleza
deformada sería la relación entre la materia muerta y la materia viva, en una
suerte de epígono de aquella “Nueva Carne” que apostolara David Cronenberg en
sus primeras películas, donde existe un permanente y dinámico proceso de fusión
entre los objetos, las personas y los conceptos (“A partir de ahora soy una cabina telefónica/Mi cerebro es el auricular
y mi sistema nervioso el cable telefónico”). Tales simbiosis se suceden en
un sentido y en el otro, a la manera de un proceso químico, hacia la
cosificación (“Eso sólo lo sabes tú que
eres una farola con la facultad de transformarse en mujer”) o hacia la
personalización (“En las manos de mi niña
todas las calles de París”),
cambios físicos que se corresponden directamente con los vaivenes del
sentimiento y la experiencia, en algunos casos con una absoluta identificación
(“La queja ha dejado un rastro de saliva
por inmuebles bulevares medios de transporte…”), en un cambio total hacia
“otra cosa”.
Los mutantes resultantes
son una suerte de nuevos cyborgs
fabricados con palabras. El “adolescente
de pelo raro” y el infinito bestiario de seres y conceptos que le rodean
generan un plancton biomecánico cambiante, la “Super-realidad” sublimada, que aquí
revela una materialización de la desesperación (“Me conforma el cristal roto de espejo”). Materialización porque dicho sentimiento de abandono es expresado
directamente mediante las evoluciones de la materia y el cuerpo que lo compone,
mejor dicho mediante su desmembración y su descomposición más patentemente
físicas (“En mi planeta las cabezas viven
sin el cuerpo”), generando un angustioso inventario de amputaciones y
desmembraciones corporales antinaturales (“Por
no defraudar al caníbal me corté la mano izquierda/Y se la ofrecí de primer
plato”) que es en realidad la
crónica formalmente fría de un abatimiento y una reducción emocionales. La
entropía grotesca del cuerpo tiene su verdadera causa en el rechazo amoroso,
que es el gran tema subyacente en las tripas del poemario, una tragedia tan
inevitable como asumida con impotencia, y por ello se realiza un informe crudo
sobre sus efectos demoledores, que son la reducción y el desarme, aunque los
miembros amputados son reutilizados inmediatamente en el implacable devenir del
proceso cotidiano (“Siempre leo revistas
de aviones porque me amputaron los dedos de las manos y los usaron para
fabricar aviones/“Máquinas más humanas” dijeron”), en el que nada se
detiene.
Y en el centro de esta
orgía carnal se sitúa la Mujer, como la gran dinamo de la Materia, el ser que
desmonta y al que se le ofrendan las consecuencias de dicha deconstrucción
sacrificial (“La mano que me quité está en lo más profundo de tu ano/La metí ahí
mientras dormías”), una vampira de emociones y esperanzas que se emparenta
con la tradición de la omnipotente e implacable femme fatale, que va desde Lilith a la arquetípica decapitadora
Salomé/Judith (“Mi cabeza sin cuerpo/La
muestras a los invitados/Me muestras a los invitados/Soy la atracción de la
fiesta”). La Mujer es aquí la Materia misma, el objeto supremo que nace del
fetichismo (“Tu falda tejana llovió
anoche de mi techo”) hacia la total identificación con la cosa (“Y la queja muere en tus oídos de mármol”),
un centro de la “realidad” totalmente alienado del proceso de mutación pese a
haberlo provocado, pero necesario y cierto como la Naturaleza.
La carne del poeta queda
atrapada inevitablemente en la “super-realidad” descrita como se deduce del
extenso poema-coda que cierra Diario de
un adolescente de pelo raro. Al final todo está encerrado en la materia,
hasta el tiempo, y no parece que la consciencia de ello fuera suficiente para
liberar la “Otra Mitad”. Pero de vez en cuando es inevitable que ésta se licúe
a través de las palabras.
(Epílogo del poemario Diario de un adolescente de pelo raro, de Jorge Heras (Baptiste Bleu))
Disponible en las plataformas de lectura:
http://es.calameo.com/read/0018912655ac4341b3eea
http://issuu.com/revistagroenlandia/docs/diario_de_un_adolescente_de_pelo_ra
http://es.scribd.com/doc/151696610/Diario-de-Un-Adolescente-de-Pelo-Raro-Scribd
http://www.youblisher.com/p/661594-DIARIO-DE-UN-ADOLESCENTE-DE-PELO-RARO/)
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http://es.scribd.com/doc/
http://www.youblisher.com/
Foto:
-De la serie Transfiguración, de Olivier de Sagazan