Las
colillas se deslizan como gusanos a través del cenicero,
son
minutos gastados que sirven para devorarse a sí mismos,
detritus
alimentando a detritus.
Las ideas
nacen de la misma forma como fetos hacia dentro,
pura
contradicción viva en la existencia más indiscutible que nunca,
la
existencia que devora incansable.
Los
gusanos,
muertos
como un tejido sin dueño que lo vista,
avanzan
hacia el éter de lo posible
formando
la piel del objeto llamado cuerpo con vida,
en
realidad, una pulsión energética que alimenta su propio sueño de metafísica
buscando
convertir su corazón de etérea y caduca carne en piedra.
Es este el
cuerpo,
en
constante descomposición confundida con movimiento y devenir,
conceptos
similares para definir al cadáver sin cara,
cuando
sale arrastrándose de la cárcel de su nicho
para
encontrar libertad en la eterna reflexión sin fondo de la cuneta de la vida.
Los
gusanos rodean lo que busca ser esencia,
nubes
cambiantes que no consiguen ser un rostro,
que no
consiguen fijar la vida, la realidad de mi ser,
mi mundo
reflejado en este agujero formando un borrón hacia fuera
por la
imposibilidad de definir lo que soy
y porque
mi espejo no refleja a los demás,
el amor,
ese intento de adoptar el rostro de otro.
Por eso no
tengo cara,
ni sé
quién soy porque no hay una matemática que me defina
como una
composición de unos y ceros,
porque la
materia oscura que compone el hipotálamo
no deja
pasar las definiciones a través de su ósea puerta.
No sé en
qué planeta vivo,
pero no
puedo vivir en el tuyo porque no tengo puertas
y los
átomos se aparean como plagas de insectos.
Polvo por
fuera,
el
complementario,
el doppelgänger
espiritual como fe en medio del abismo.
La mujer
hueca surge como una aparición necesaria,
un
espectro que responde sin preguntar en medio de la soledad,
su alma
saliendo también a hacer preguntas por un agujero en su espalda,
desde la
conciencia serpenteante encerrada en la médula espinal.
Dorso de
la vida,
disección
sangrienta de la conciencia,
con hilos
de hemoglobina chorreando
por la
superficie de la piel del reverso de la mente,
ríos de
sustancia perdida hacia no se sabe qué mar de percepción.
La
realidad pasa como una mujer con mil caras,
pariendo
instantes, madre de percepción.
Una
lágrima eléctrica sale de la pantalla como un error fotónico;
son las
ficciones a las que me agarro para buscar dentro una existencia,
igual o
distancia,
definida o
indefinible,
que me
acaricie,
amando lo
cambiante y lo artificial,
obligado
por la omnipotencia de lo inasible,
los
sentimientos viajando a través de las caprichosas formas moleculares
que
ejecutan las venas de sangre en los árboles del cielo.
Me obligo
a vivirlo todo, mártir cotidiano,
la
suciedad como muestra de la vergüenza
que me
saque como un electroshock de la muerte por inanidad,
la noche
como crucifixión para salir de lo mediocre,
la
catarsis del ridículo de ser imperfecto,
temblando
más que caminando cuando pongo el pie en la calle;
es como
lanzar un grito de socorro a través de la civilización de hormigón,
para que
no me aplaste,
para que
nuestras vivencias se junten de una vez
para
formar una frase con sentido,
dos seres
contradictorios amándose por fin,
como dos
palabras.
Lecciones de contingencia by José Ángel Conde is licensed under CC BY-NC-ND 4.0
Foto:
-Slaughterhouse de cirrus-art .
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