“Tanto Bava como Bataille, Saló no menos que
Sade parecen los determinantes de un cine resuelto de repente a romper con todo
tabú, a vadear ríos de vísceras y espumas de esperma, a llenar cada fotograma con carne, núbil o arrugada, y
someterla a toda clase de penetraciones, mutilaciones y humillaciones. Las imágenes y temas que
fueron el origen de las películas splatter, las
cintasexplotation y el porno
(violaciones en grupo, palizas y cuchilladas y enterramientos, erecciones y
vulvas, canibalismo, sadomasoquismo e incesto, fucking and fisting, canales de esperma y sangre) proliferan en
los entornos de “alto arte” de un cine nacional cuyas provocaciones han sido
históricamente formales, políticas o filosóficas (Godard, Clouzot, Debord) o,
en su forma más excesiva (Franju, Buñuel, Walerian Borowczyk, Andrzej
Zulawski), al menos asimilables como emanaciones deun
movimiento artístico (surrealismo, en su mayoría).”
De
esta forma define el crítico James
Quandt en su artículo “Flesh &
Blood: Sex and Violence in recent French cinema”una
tendencia del último cine francés (Gaspar
Noé, Pascal Laugier, Alexandre Aja)que posteriormente sería bautizada con el acertado título de Nuevo Extremismo, pero que también
puede extrapolarse a otros territorios, como Corea del Sur (Par Chang-wook), Japón (Takashi
Miike), Turquía (Can Evrenol), Alemania
(Marian Dora), Gran Bretaña (Peter Strickland) o el continente
americano (Nicolas Pesce, Lex Ortega, hermanos Onetti) . Pese a su origen
fílmico, este concepto encuentra su paralelismo en otras formas de expresión
artística, coincidiendo con la ola de neopuritanismo y extremismo político con
la que hemos comenzado el siglo XXI y que tanto se parece a aquella vivida en
los años 80 del siglo pasado. Fue en esa década, protagonizada por la “era
Reagan”, cuando surgió el cuasimovimiento literario “splatterpunk”, también vinculado al cine “gore” por vía de autores
como Clive Barker, David J. Schow o Jack Ketchum, y ya se puede decir que también,
en esta “era Trump”, estamos viviendo de nuevo un auténtico y espléndido repunte
de toda esa furia y esa transgresión, llevando aún más allá los presupuestos
del cada vez más prestigiado cine de horror. El Nuevo Extremismo recogería esa corriente subterránea que, como su
nombre bien indica, se caracteriza por un gusto por lo extremo, en el sentido
de violencia y sexo gráficos, e incluso por lo escatológico, como
estrategia para remover los cimientos morales sobre los que se asienta una
sociedad cada vez más orientada hacia la intolerancia, el conservadurismo y el
fascismo. Extremismo creativo, pues, como contrapartida al extremismo
político y social, cumpliendo así esa necesaria labor de cuestionamiento y
reflexión que es inherente al verdadero arte.
En
lo que concierne a la literatura, aunque siga habiendo cierta hegemonía anglosajona
con autores como Matt Shaw o
movimientos como el “bizarro” (Carlton
Mellick III, Jeremy Robert Johnson),
lo cierto es que el campo de acción de esta ofensiva extrema se está
expandiendo a países que, pese a contar con una larga aunque no demasiado
conocida tradición en el género del terror, aún no habían pisado con firmeza en
los terrenos de lo ultraviolento. En este sentido es especialmente relevante el
caso de los países latinos, tanto en Sudamérica como en la órbita mediterránea, y es que dentro de este actual boom
de la literatura fantástica en español cabe también esta tendencia de
vocación contestataria y provocadora. Aunque quizá sea lo incómodo de sus
propuestas la principal causa de que estos autores aún no hayan despuntado como
se merecen y sigan esperando su momento de forma latente al reconocimiento de
otros géneros como la fantasía, la ciencia-ficción o el terror más ortodoxo.
Pero este virus está ya cultivado y sólo es cuestión de tiempo el que se
expanda, así que ya es hora de ponerle nombres y darle voz, y pido perdón por
los previsibles ausentes porque no es este el lugar para extenderse más, pero que
se sepa que ahí están y que son muchos más.
En Latinoamérica han crecido
exponencialmente las revistas y editoriales que fomentan el Nuevo Extremismo, haciendo de la falta
de prejuicios su bandera y dando a conocer a un enorme abanico de inquietos e irreverentes escritores con proteico potencial de eclosión, entre las que se pueden destacar las siguientes: en Perú, auténtica metrópoli del splatter latino,Editorial Cthulhu,
Pandemonium y Aeternum, así como el blog referencial Tenebris; en México las revistas Penumbria, Rigor Mortis y Letras y demonios; en Chile a Cathartes y Austrobórea ;y en Argentina a Muerde Muertos, el colectivoDe la Fosaylas revistas The Wax, Gualicho y Cruz Diablo. En Italia siguen muy activos los herederos de la celebérrima antología Juventud caníbal (Gioventú cannibale), en especial Alda Teodorani y Gianluca Morozzi. En Portugal están los autores Rui Bastos, João Barreirosy Samir Karimo.En España
la cantera es profusa y fuertemente vinculada al desarrollo de la corriente
americana, merced a un constante intercambio de nombres y publicaciones, empezando por la pionera y oscura (hasta el punto de cuestionarse tanto su identidad como su veracidad) figura bastarda de Jesús Ignacio Aldapuerta ysiguiendo con la estela dejada por los autores vinculados al
grupo NOCTE, sobre todo el andaluz Juan
Díaz Olmedo, aparte de otros con inspiración netamente underground, como es el caso de la catalana Alicia Sánchez. Y como buque insignia aglutinador de todo ello se
ha erigido la editorial EdicionesVernacci que, con su antología de
relatos Gritos sucios, ha conseguido
reclutar una auténtica horda de banshees literarios reuniendo a lo más representativo de una y otra orilla del “Charco” y ahora, tras
ganar los II Premios Amaltea en la
categoría de Terror, reclama con fuerte ímpetu una esfera propia para la literatura extrema en español.
El
movimiento "splatterpunk" surgió en la década de los ochenta como una
reinvención malsana (¿aún más?) del género gótico. Sexo, crimen, horror,
oscuridad…, pero cocinado con una rabia nunca antes vista. Aunque el
"splatterpunk" no es exclusivo del mundo literario, es en él donde
alcanzó su mayor reconocimiento; figuras como Poppy Z. Brite, Jack Ketchum o
Clive Barker, llegaron a reinar sobre la ficción escrita con obras que
mancharon nuestra imaginación para siempre con las sustancias más diversas,
viscosas y prohibidas. Actualmente, el movimiento persiste en multitud de
campos, quizá diluido en nuevos territorios, pero siempre reconocible.
Siguiendo la senda de la mítica "Gioventú cannibale" (Einaudi editore
– 1996), "Gritos sucios" pretende hacer lo que la antología italiana
consiguió en su momento: traer de vuelta la irreverencia sanguinolenta del
"splatterpunk" más furioso, el que se lee y mancha nuestra mente,
obligándonos a pensar en cosas que no deseamos imaginar. O puede que sí.