viernes, 1 de noviembre de 2013

Los quintetos del dolor


























Atravesando la terquedad
puedes tener un bosque de certezas
duras como témpanos de orgullo
y mostrar colmillos de ira
allá donde pise otro ser humano.

Marcas con tu paso
la estela del tormento vital
como un Hermes negro y satánico
sabedor de ciencias negativas
y caminante de los mundos del subzero.

Ahora hay nuevos cuadernos
que escribir con sangre,
que transcriban las fórmulas y enseñanzas
de la cábala del dolor diario,
legajos de un saber eterno y pantanoso.

Os veo como gusanos amantes
pero que nunca encontrarán amor,
debajo de cuerpos de baba insustancial:
son podridos estertores
que no afrontan el ruido de fondo
de la inutilidad de babear.

¿Quién es el culpable
de este zarandeo cósmico?
¿Dios? ¿El caos? ¿Nosotros mismos?
Qué tierno sería deshojar con caricias
la rosa suave de nuestras propias vidas.

Tal vez en un vacío búdico,
en un dejarme ir ni suave ni violento,
sin querer queriendo,
navegante del todo,
relámpago de luz en medio de la eternidad.

O bien, sensei dolor,
llévame a túneles de katanas
que nunca acaben
pero que siempre prometan
la luz en su final sacrificial.

Pero seguimos empeñados en actuar
en el corazón mismo del teatro existencial;
si dejáramos de hacerlo
la angustia se comería todo lo que tenemos,
empezando por nuestra alma.

Pararos, pararos a observar
qué hay más allá o que hay aquí,
o regocijaos en el dolor del semiorgasmo de vivir
o en la posibilidad de que todo el universo
estuviese en la punta de nuestro dedo meñique.

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